06DIC07
Cuestiones previas I
[O cómo empezar de nuevo a pesar de...]

Me llamo Luis M., y aquí comienza la segunda parte de mi historia… Sí. Segunda. Porque hay que perderlo todo como, ciertamente, sucedió conmigo, para señalar ahora, y con cierta licencia, además, que es ésta la segunda parte de una historia que adicionalmente hoy corre el riesgo de resultarle ficticia a aquellos que no la conocieron.

Segunda, en todo caso, por el radical e inesperado final que tuvo la primera, y por las noches de insomnio y dolores muy cerca de la nuca, el cuello, los brazos, la espalda, todo el cuerpo, en realidad, a causa, precisamente, de los días que amanecí sentado frente a la computadora, tecleando y tecleando ese trozo de vida que ya nunca nadie leerá, y por el que casi pierdo literalmente la vida, para ser más exacto.

Y segunda, finalmente, porque «quiero dormir cansando y no despertar jamás…», como dice la canción, y como me hubiese gustado a mí que fuese, pero siete días han pasado ya desde la noche en que lo perdí todo, y hoy, ocho años después, las pisadas acercándose a la puerta se empiezan a sentir nuevamente.

Por la voz, recuerdo que es Manuel, mi hermano mayor, que al mismo tiempo saca cara y le dice a mamá que mejor no, tratando incluso de cerrarle el paso. Pero ya entonces es demasiado tarde: ella ha girado la perilla y, medio cuerpo adentro, traza el camino para que la siga y mire lo bien que ha quedado todo. Y es que, claro, había quedado todo tan bien y tan irreconocible, al mismo tiempo, que ésa ya no fue más la desordenada habitación que tuve hasta antes de que me hospitalizaran.

Luego se queja un poco por esto y aquello, aunque más por la prescripción que minutos antes, recién me entero en ese momento, dejó sobe la mesa de noche el médico que viene tratándome de ese sueño en el que ando sumergido desde el día del incidente.

¡Qué descanso ni qué ocho cuartos!, reclama ella, dejando claramente sentada su posición, y dudando de paso si no será ésta una nueva argucia de tu hermano para evadir su responsabilidad. Yo más bien creo que si duerme es porque tiene sueño, sentencia Manuel, pero sin llegar ambos a un acuerdo. En lo que si coinciden es en sacudir la cama para ver si me despabilo un poco. Nada. Sigo dormido. En todo caso, tratando de no despertar, que era lo que más necesitaba, después de todo.

Pero entonces es él quien ahora toma la iniciativa y cree, equivocadamente, además, que quizá, no sé, hablándole con cariño, de lo mucho que lo queremos en casa, por ejemplo, o, no sé, poniéndole los discos de Sabina que tanto le gustan, podamos reanimarlo; con lo que ella aprovecha la ocasión para ventilar al mismo tiempo todas las recetas que se vienen comprando, y sin embargo, tú nada, sigues en el mismo plan de no querer reaccionar. Mamá, así no se va a despertar. Tú que sabes, oye, si tú eres otro dolor de cabeza. ¿Para eso me has llamado? Te he llamado porque alguien me tiene que explicar cómo es posible que un muchacho de esa edad, al que no le hace falta nada, que hace con su vida lo que quiere, me venga ahora con la novedad de que se quiera morir. Bueno, eso es lo que dice el médico, pero yo más bien creo que… No me hables más de ese doctor, que lo único que hace cada vez que viene es sedarlo y cobrar. Ya mamá, mejor vamos. Aún no; tu hermano me tiene que escuchar, tiene que saber que ya es suficiente, que si sigue en ese plan, quien lo va a matar soy yo, pero a punta de correazos… Ya, mamá, cálmate. ¡No me calmo! ¿O te parece justo lo que nos está haciendo?… Ah, no, pero él ahora duerme, y una está aquí sufriendo y sin entender por qué… ¡Luis, te estoy hablando! ¡Mamá, no le grites! ¡Tú te callas!

Pero el que sigue en silencio y con los ojos cerrados soy yo, que incluso soy conciente de todo y le escucho decir que ya no sólo he cumplido veintitrés años, sino que no existe motivo alguno para seguir viviendo la historia del chico de diecisiete, que eran los años que tenía cuando comencé a escribir esa primera parte que ya no existe más.

Aunque en el fondo yo sé que sí hay motivos suficientes para ahogarme en lo más profundo del sueño, y con los ojos tapiados tambalearme a mis anchas en la adolescente duda de no saber si ya es hora de mencionar o no su verdadero nombre, o seguir llamándola como empecé a hacerlo desde que la conocí: simplemente, JM.


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